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¡Siberia existe!

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TURISMO Y AVENTURAS

¡Siberia existe!

¡Espérame en Siberia, vida mía!, exclama la portada de la segunda novela larga de Enrique Jardiel Poncela. Y eso precisamente (¡Espérame en Siberia, vida mía!) es lo que el protagonista, Mario Esfarcies, le grita a su amada cuando se sienteamenazado de muerte y huye desesperado al extranjero.

El protagonista podría haber gritado igualmente "Espérame en el fin del mundo", "espérame en la quinta luna de Saturno" o "espérame donde Napoléon perdió el gorro", pues Siberia viene a ser para los occidentales ese gran espacio en blanco del mapa mundi (y del Risk), ese vacío lleno de nada, ese lado oscuro enharinado del planeta ("tierra de cadenas y de hielo" la llamó Gorki) donde el zarismo y el comunismo apilaron sus cadáveres. "Me voy al reino de lo blanco", le dice el maestro taxidermista a Alfanhuí antes de morir. Lo mismo podría haberle dicho: "Me voy a Siberia".

Acabo de regresar de Irkutsk, a 5.000 kilómetros de Moscú, donde he podido comprobar en mis carnes (carnes de gallina) que Siberia, la Siberia profunda inclusive, existe. La ministra de Fomento, Magdalena Álvarez, también lo ha hecho (llegó esta semana para estudiar sobre el terreno cómo funcionan las infraestructruras en climas extremos), pero esa es otra historia.

La inabarcable Siberia, "varias veces más extensa que Chamartín de la Rosa" (como acertadamente apunta Jardiel Poncela en su novela), extiende su desafío cartográfico desde los Urales hasta Alaska, lo que desalienta necesariamente a los amantes del senderismo.

En cuestiones climáticas, Siberia es a Moscú, lo que Soria a Tenerife. "Ha tenido usted suerte: hoy estamos a 25 grados bajo cero, pero la semana pasada llegamos a -38", me comenta nada más bajar del avión uno de los 600.000 habitantes de Irkutsk, ciudad donde conviven en armoniosa vecindad casuchas prerrevolucionarias de madera con sus típicas ventanas ribeteadas, feos bloques soviéticos (marcados como reses con números gigantes para carteros miopes) y nuevos edificios de perfiles futuristas.

En pocas ciudades rusas he visto cohabitar en paz a las diferentes fachadas de la Historia. Las estatuas también lo hacen. Aunque Irkutsk fue escenario de crueles combates entre rojos y blancos durante la guerra civil rusa (1918-20), hoy una estatua del zar Alejandro III (promotor del Transiberiano) y otra de Lenin apenas están separadas por 300 metros. Junto a ellas, un busto del primer cosmonauta, Yuri Gagarin vuela por encima de las ideologías.

A 70 kilómetros de la ciudad, el lago Baikal es el contrapunto topográfico que rompe como una escisión gigantesca el vientre blanco de Siberia. Recuerdo que el conductor me estaba explicando cómo se deslumbra con focos a los venados durante las cacerías nocturnas en los montes del Baikal (los taxistas rusos no hablan por hablar), cuando de repente me cegó a mí el fogonazo del sol poniéndose sobre aquel pozo de hielo de 1637 metros de profundidad.

Allí estaba. La cantimplora del planeta. La mayor masa de agua dulce de la que todos los naturales de Irkutsk hablan como si fuera la bañera de su casa. "El agua siempre esta fría, incluso en verano. No sube de -6. No está para bañarse, pero yo sí lo hago: con un poco de vodka todo se soluciona", me comenta un lugareño. Lo llaman 'el ojo azul de Siberia', y si se fijan bien en sus contornos, verán que, efectivamente, el lago parece un ojo... Un ojo rasgado (Mongolia está a tiro de piedra).

El Baikal es el lago más profundo del planeta, punto que este diario no pudo confirmar debido a que su superficie estaba helada, lo que me permitió caminar sobre sus aguas. Basta con quitarse un guante sobre el Baikal para conocer de primera mano como se las gasta el invierno siberiano, que, como es bromista por naturaleza, aprieta y aprieta hasta que el dolor y el frío acaban por darse la mano. Porque si bien el termómetro oficial marcaba -24 grados, la brisa heladora le dio la vuelta a la cifra como a un gallo de veleta (la sensación era de -42).

La única parte del Baikal que no permanece helada es por donde sale el Angará, el único río que escapa del lago (que cuenta con 330 afluentes). El resto es una estepa azulada de hielo pulido y transparente. Los turistas más atrevidos surcan estos días su superficie helada a bordo de camiones, todoterrenos, lanchas sobre flotadores y 'motocars', que corretean y se dan prisa antes de que la primavera les rompa el hielo. Ver a un camión sobre la pista del Baikal resulta tan irreal como atisbar uno de esos barcos encallados en el desierto kazajo en lo que una vez fue el Mar de Aral.

Me cuentan que cada año, en marzo, se producen decenas de accidentes mortales debido a la ruptura de las placas, que pierden su grosor (ahora es de unos 50 centíemtros). Quienes superan esta ruleta rusa sobre hielo y cruzan los 80 kilómetros de anchura del lago, llegarán a Ulan Udé, capital de Buratia (única región budista de Rusia), en cuyo centro está instalada la cabeza más grande de Lenin, del tamaño de un edifico de cinco plantas (máximo exponente de la cabezonería bolchevique por meter en la mollera la Revolución por medio de estatuas).

En el Baikal el turismo sigue sin ser un gran invento. Quienes mejor pescar al visitante son los comerciantes locales, que ahuman en cajetines de madera los sabrosos 'ómul' (Coregonus autumnalis migratorius), unos peces carnosos emparentados con el salmón que sólo existen en el Baikal y que venden a razón de 50 rublos la unidad (1,1 euro). Me cuentan que en Moscú el kilo puede llegar a costar 800 rublos (18 euros). Después de pasear sobre hielo dulce, comerse un ómul caliente en una sencilla tasca a orillas del Baikal puede resultar tan reconfortante como beberse una limonada atestada de cubitos de hielo en el Sáhara. La foca del Baikal es otro de los habitante icónicos de este ecosistema donde cada año la ciencia saca a flote nuevas especies abisales.

Para cuando las lagunas de Ruidera o el lago del Retiro se congelen (allá por la quinta glaciación), algún ministro español debería llegar a orillas del Baikal para aprender a surcar los hielos en camioneta y aprender la técnica artesanal de ahumado de pez, indispensable para mantener vivo el turismo.

 
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