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Sochi y la casa de Stalin

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TURISMO Y AVENTURAS

Sochi y la casa de Stalin

“¡Así es Sochi!”, dijo Serguei Malichev, quien sería mi intérprete durante las próximas tres semanas, mientras estrechaba mi mano y sonreía, dándome la bienvenida al pie de la escalerilla del avión.

“¡Bienvenido al jardín de todas las Rusias! El clima subtropical más nórdico de nuestro planeta, donde crecen todos los frutales y hasta las plantas de té”.

Lo primero que sorprende de la región rusa caucasiana de Sochi es su clima. Al descender del Tupolev de Aeroflot que nos había traído en apenas dos horas y media desde la nevada y gélida Moscú, la claridad de su cielo, con un pálido pero agradable sol invernal y una temperatura que oscilaba entre los 12 y 15 grados centígrados (muy diferente de los 25 grados bajo cero con los que nos había despedido aquella mañana gris de febrero de 1999 la capital moscovita), fue una muy grata y envolvente sorpresa. Esa fue la primera pero no la última sorpresa que me llevé durante el tiempo que duró mi visita oficial a la costa rusa del Mar Negro, lo que en el pasado llegó a llamarse la Riviera Rusa.

Como enviado de las Naciones Unidas en una misión que pretendía evaluar y analizar el potencial actual de la industria turística de esa zona, tenía el cometido de aportar ideas y recomendaciones para su privatización y relanzamiento, tanto a nivel doméstico como internacional. Además, debía proponer soluciones para que Sochi pudiese llegar a ser algún día la sede de los Juegos Olímpicos de Invierno, una vieja aspiración del pueblo ruso. Era un encargo de la Duma o parlamento y —por lo tanto— se me permitiría indagar a fondo en las raíces de sus problemas. Gracias a esa circunstancia y a la bonhomía de la mayoría de los rusos con los que traté, el viaje resultó ser no sólo una misión profesionalmente fructífera sino también una experiencia personal inolvidable. Hoy, en el año 2010, esa aspiración se ha convertido en una hermosa realidad y debo confesar que personalmente sentí una sensación de satisfacción muy grande por el deber cumplido, cuando el Comité Olímpico Internacional designó a Sochi como la próxima sede olímpica invernal.

La región de Sochi tiene 147 kilómetros de costa, con abundantes playas de arena negra, altos cerros cubiertos de pinares antiquísimos, la imponente cordillera del Cáucaso que casi besa las aguas del mar Negro y las legendarias aguas termales de Matsesta, donde solía bañarse Alejandro Magno. En realidad es una región llena de misterio, mitología y leyendas. En sus numerosas cuevas vivieron los primitivos hombres caucasianos, las laderas de sus montes sostuvieron a Prometeo encadenado, y por sus costas y valles rodó la mítica historia del Vellocino de Oro.

Esta zona también representa la frontera entre Europa y el Cercano Oriente, o dicho de otra forma, entre el cristianismo y el islam. Y este es un hecho que quedó muy claro cuando tuve que volar en un helicóptero de la Armada rusa, bordeando la frontera con la provincia secesionista de Abjasia y la ex república soviética de Georgia. La primera profesa la fe musulmana y los georgianos se ufanan en decir que son la primera línea de defensa del cristianismo. Georgia y la Federación Rusa se disputan hasta hoy esos territorios.

Mi misión allí consistía en inspeccionar las estaciones de esquí en las poco desarrolladas zonas turísticas de Kranja Polyana, para incluirlas en la futura candidatura de Sochi como sede de los Juegos Olímpicos. Confieso que esos vuelos en helicóptero sobre las altas cumbres me inquietaron bastante, por lo poco pobladas y su peligrosa proximidad a un área en conflicto permanente. Es más, en algunos momentos, no estábamos seguros respecto a qué territorio sobrevolábamos. Y por ello, la tripulación me aconsejó vestir indumentaria militar rusa, por si teníamos que bajar en territorio enemigo, ante el temor de que me confundieran con un espía y me secuestraran. De hecho, al volver a casa unas semanas más tarde, leí en la revista Newsweek un informe en el cual se nombraban los sitios del mundo donde era más peligroso para los representantes civiles de organismos internacionales y citaba específicamente a la región rusa del Cáucaso, “...donde los secuestros son muy comunes...”. Y agregaba que “algunas víctimas son liberadas luego de pagar rescate pero muchas otras son asesinadas”.

Un trayecto quizá más seguro pero igualmente interesante fue mi visita a La Arboleda Verde, la casa de veraneo de José Stalin. Enclavada en un bosque espeso, sobre un cerro de verdor exuberante, a más de 100 metros de altura sobre la playa. Toda pintada de verde, como camuflaje para evitar ser detectada y atacada desde el aire, se encuentra la dacha que fue el refugio preferido del antiguo líder de la Unión Soviética.

Stalin era oriundo de Georgia y en esta región de Sochi encontró el clima y las condiciones ideales para dirigir los destinos de su país (especialmente durante los turbulentos años de la Segunda Guerra Mundial). Lo curioso es que aún hoy, cuando su figura ha sido defenestrada de las plazas y calles de la Federación Rusa, su dacha se conserva exactamente igual que cuando él la habitaba. Incluso se utiliza como residencia para invitados oficiales. Mis anfitriones me ofrecieron quedar allí, pero su aspecto lúgubre, su total aislamiento y las historias de las manías estalinianas me llevaron a desistir de la idea. Según contaron sus conservadores, Stalin nunca dormía en la misma habitación dos noches seguidas y la única persona que le acompañaba en la zona reservada de sus aposentos era su hija Svetlana.

El dictador mandó hacer un sillón largo de cuero negro (que aún existe), para sentarse frente a la estufa de leña. Y pidió que su respaldo fuese más alto de lo normal, para que nunca le pudiesen disparar desde atrás, al no saber exactamente dónde se encontraba sentado. Su piscina interior, ubicada en un pabellón de cristal, tiene menos de 1,20 metros de profundidad porque Stalin sentía pánico al agua y tenía terror a morir ahogado.

Además, mandó construir un murito de ladrillo de un metro de altura alrededor de la piscina, para evitar que le pudiesen disparar desde afuera mientras se bañaba, quitando con esta obra gran parte del encanto que tenía la pileta. Porque desde allí se puede disfrutar una vista francamente espléndida de todo el bosque que rodea la casa. En su salón escritorio, desde donde dirigía los destinos de la enorme patria de los soviets, se encuentra un muñeco de cera, bastante parecido a él, vistiendo su uniforme militar. Allí se conservan documentos militares y políticos, grandes mapas, sus pipas y demás objetos de su propiedad y su tiempo.

Se ofrece al invitado oficial que lo desee, un menú compuesto por los platos favoritos del antiguo inquilino de la casa. Pero quizá lo que más llame la atención de esta dacha sea la sobriedad espartana con que vivía Stalin, a diferencia del lujo opulento que imponía a sus edificios públicos y a los numerosos sanatorios que mandó construir en esa región durante la década del 30. Enormes sanatorios y balnearios de aguas termales que aún permanecen en uso y que representan gran parte del atractivo turístico de Sochi; aunque algunos lamentablemente estén bastante deteriorados.

El turismo en Sochi, que llegó a atraer a la zona más de cuatro millones y medio de visitantes durante los últimos años de la perestroika, en 1999 apenas superaba el millón trescientos mil. Esto se debe en parte a la gran curiosidad que sienten los rusos por los destinos turísticos extranjeros. Esta tendencia es algo que las autoridades locales y las del gobierno central en Moscú intentan revertir. Aunque para lograr acercarse a las cotas de los años soviéticos, cuando el turismo era totalmente dirigido por el Estado, se tendría que modernizar sensiblemente la industria del ocio rusa. Además, se deberá superar el obstáculo que representa el error garrafal cometido por el ex presidente Yeltsin, al haber entregado a Ucrania toda la flota soviética de buques de crucero. Simplemente por haber sido Odessa su puerto-base original (hecho que ha perjudicado seriamente a la terminal marítima de Sochi).

También será necesario acabar las obras del nuevo aeropuerto de Adler (donde ya se han invertido más de 150 millones euros) y que lleva 15 años sin poderse terminar por falta de recursos. Pero la región de Sochi también ofrece interesantes historias de reciclaje y readaptación a los tiempos actuales. Una ballena beluga y seis delfines nariz de botella, que habían sido entrenados por la marina soviética para realizar funciones estrictamente militares, ahora brindan alegría y entretenimiento a chicos y grandes en el moderno delfinario de la región. Además sirven para programas científicos de investigación sobre la biología de los mamíferos marinos. Y los monos cosmonautas que habitan el Instituto de Primatología (el más antiguo de mundo), dirigido por el célebre doctor Boris Lapin, ahora son visitados por miles de turistas, que ayudan a cubrir, en parte, los gastos de su mantenimiento.

Incluso llama mucho la atención de los visitantes el famoso Árbol de la Amistad, una original idea de un botánico ruso en el año 1930, que desarrolló una técnica innovadora para realizar injertos en árboles frutales. Por iniciativa suya, un limonero fue recibiendo injertos de todas las personalidades nacionales y extranjeras que visitaban Sochi y así fue creciendo hasta transformarse en un árbol espectacular. Incluso los embajadores de todo el mundo destinados en Rusia han dejado su huella, y en un museo anexo se pueden ver las banderitas, libros y recipientes con tierra de casi todos los países del globo. Las naciones que componen el continente americano están prácticamente todas presentes. Algo que enorgullece a los rusos, por su acentuado espíritu patriótico y a la vez internacionalista.

Así es la Rusia profunda, mística, eterna, auténtica, llena de historia y misterio, de gran belleza, gente sencilla y situaciones conflictivas o contradictorias; que se abre expectante al viajero internacional y que ha dejado de ser un coto de acceso restringido para los visitantes extranjeros. Todo un inmenso y riquísimo país por descubrir.

 
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